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Nota del diario Clarín

Los cowboys criollos que aman la música country

Tienen un multitudinario festival estilo Nashville en San Pedro que acaba de cumplir 15 años. “No es que bancamos a Trump, sólo nos gusta un estilo musical”, dicen. 

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Los cowboys criollos que aman la música country

Por: San Pedro Informa

Hay un sampedrino entre más de 150.000 personas. Está en el CMA Fest, histórico festival organizado por la Country Music Asociation, en Nashville, Estados Unidos. Durante cinco días, recorre los stands, compra discos y ropa, disfruta de las bandas, toma fotos, sale en vivo para un programa radial de su ciudad y envía notas para un diario local. Su cabeza vuela: es el niño que va a Disney, el futbolero que viaja para ver una final de la Champions, el timbero que sube a un avión para jugársela toda en Las Vegas.

Al año, se hace miembro de la CMA. Y a los dos años viaja a otro festival de country, al Festa do Peao de Barretos, en las afueras de San Pablo, Brasil. Ese sampedrino se llama Gustavo Laurino y, 21 años después, recuerda aquellos viajes en el último día de la decimoquinta edición del San Pedro Country Music. Las cosas han salido mucho mejor de lo que imaginó. Porque en 2002, después de armar una web para fanáticos del género, y de enterarse de la existencia de distintas bandas nacionales, pensó en un formato similar al de Nashville y al de Barretos. Entonces, se acercó a la Municipalidad de San Pedro, se presentó, habló de la propuesta, convocó a bandas y expositores, difundió entre fanáticos y envió gacetillas a los medios.

A la primera edición, en 2003, fueron 4 mil personas. En la de este año, celebrada en plena primavera, la convocatoria superó las 30 mil personas (a pesar de las intensas lluvias), convirtiéndose en la más convocante de Sudamérica. Se presentaron 60 bandas, entre nacionales e internacionales. Como en cada festival, la embajada estadounidense apoyó el evento, trayendo a una banda de los Estados Unidos.

“Es una fiesta argentina, súper del interior. Viene gente de Ushuaia, de Misiones; de todo el país”, dice Laurino, e invita a mirar el paisaje: hay un escenario, stands que venden indumentaria típica y merchandising, parejas que bailan y grupos que lo hacen en línea; los motoqueros con sus motos y pañuelos, los fanáticos con sus sombreros tejanos, sus botas de cuero, altas, y chaquetas de cuero; las familias con las reposeras, disfrutando de una picada, mates y cerveza sobre heladeritas.

“La imagen típica es la de un fanático con sombrero tejano y mate”, retoma Laurino. “A diferencia del jazz u otro género americano, el country está demasiado identificado con la cuestión estética y nacionalista. Pero a nosotros sólo nos gusta el estilo musical. No es que bancamos a Trump o somos proamericanos.”

El otro festival. Durante los tres días, pasan otras cosas por fuera de la cartelera oficial. La gente de William Morris organiza el festival “no oficial”, dentro de uno de los campings: pasa música durante las 72 horas del fin de semana. Los bolicheros y dueños de bares de la ciudad contratan a bandas, solistas y DJ’s del género y arman noches de country. Hay porteños que alquilan salones de clubes y organizan fiestas temáticas. También se puede disfrutar de distintas previas, sobre la peatonal. Se baila hasta que abren las puertas del festival, cada mediodía.

Google Maps marca 1,2 km de distancia entre un lugar y el otro. Pero hay mucho más que eso. Hay que entrar al camping, esquivar las carpas, las parrillas, los picnics, el barro de las lluvias del viernes, el sábado y de esta mañana, y después sí: el resto de la distancia entre lo oficial y lo no oficial.

Porque esto es el conurbano. El conurbano puro. Las zapatillas y conjuntos deportivos son conurbano. Son conurbano las banderas que hacen de paredes del quincho en el que se baila, y las barriadas de esos trapos. Las gorras, los vinos con Coca, las remeras como la del bailarín de sombrero imitación, donde se lee “la banda de Solano”. Es re re del conurbano el animador que dice, entre tema y tema, “Temperley Presente”; “Saludos a la gente de Lomas”; “El 7 de octubre festival solidario en la canchita de Zulma, en Fuerte Apache”. Y, sobre todo, el bailar bajo un techo de chapa y sobre un piso de cemento pelado.

El country también es esto, también es conurbano. Su máximo exponente es “No se dice”, la rockería de José C Paz, que está cerca de cumplir 40 años. El “San Pedro no oficial” nació de casualidad. Mucha de la gente que está aquí, ahora, en este camping, se conoció hace más de 10 años. Algunos se cruzaban en rockerías de San Martín, Moreno, Lomas de Zamora, Lanús, Pacheco, José C Paz. Pero acá, tras compartir tres días, se conocían.

En aquellos primeros años del festival oficial, cada grupo traía su equipo de música. Lo escuchaban en este camping. A la tarde iban al evento. La gente de William Morris venía en micro, con consolas, potencia y los equipos de sonido más grandes. Con los años muchos grupos dejarían de viajar cargados, confiados de que los de Morris no fallarían. Y ahí, lo de siempre: alguien que se anima a bailar y el resto que se le suma. Otro alguien que agarra el micrófono y empieza a saludar a los presentes, a nombrar a los barrios. Un DJ que pide agarrar la consola y la gente que comienza a preferir quedarse a bailar música en lugar de escuchar a las bandas del festival oficial.

“El oficial me cansó”, explica Marixa Paiva, del grupo Morris, y una de las organizadoras. También es fundadora una escuelita de baile que cuenta con 70 alumnos y de una rockería llamada “A lo rock and roll”, todo en Morris. Volviendo a la elección del “no oficial” argumenta: “No me gustan mucho las bandas del oficial. A mí me cabe esto, la gente de barrio bailando. Muchos de nosotros vamos un rato al oficial. Pero pasamos más tiempo acá. Hoy a las siete de la mañana la gente estaba bailando”.

Pizza, empanadas, baños. Durante la recorrida de 1,2 kilómetros pueden encontrarse otros campings y espacios verdes en los que sucede lo mismo: los fanáticos llegan a San Pedro pero pasan más tiempo afuera que adentro del festival. Y afuera también hay oferta gastronómica: los vecinos ofrecen empanadas, pizzas, gaseosas, agua caliente. Cobran hasta para pasar a sus baños. En otros festivales, como el de Ezeiza, está prohibido el acampe.

Aquí, cada bailarín es reconocido por su nombre y barrio. Se suele saber de qué zona es cada uno. Y es común que, por ejemplo, los de zona sur saquen un micro para ir a bailar a zona norte, y viceversa. Más que nada van a eventos organizados en clubes o salones. “Acá hay más euforia”, asegura Marixa, algo afónica. Su marido la acaba de reemplazar en la animación. Está en el quincho, el lugar que techó el dueño de la proveeduría del camping, para que ellos bailen sin que importe la lluvia. “La gente baila como le sale; nadie te dice nada. Bailan los gordos, los flacos, los altos, los bajos, todos. Hay gente que viene a la escuelita para mirar. Les hacemos perder la vergüenza; les decimos que nadie es perfecto, que nadie se burla de nadie.”

La comunidad country argentina tiene restaurantes temáticos, rockerías, productores que organizan eventos prácticamente todas las semanas, DJs que conducen programas radiales en radios de barrio o por internet, profesores que bailan y enseñan al aire los domingos en parques de Saavedra y Palermo, academias y escuelitas de baile, comerciantes que viven de traer –desde el exterior– botas, sombreros y otras prendas. Y tiene, también, a la Asociación de Música Country Argentina, fundada en 2015. “Hay una movida que está creciendo”, explica Roberto Malpassi, su vicepresidente. “No queremos ser moda; aspiramos a que el country tenga tanta difusión como el resto de los géneros. Tenemos lugares muy pintorescos, a los que ingresás y sentís que estás en el sur de Estados Unidos. Todo argentino fanático apunta a viajar a bailar a EE.UU.”

Alec Grand es uno de los que se dio el gusto. Habla como el típico nostálgico enamorado de alguna experiencia: “Bailamos en todos lados…”, “Estuvimos en cada lugar…”, “Fue todo cerveza-baile, cerveza-baile, cerveza-baile”, dice, gesticulando y con la nostalgia del que cuenta una de las cosas más lindas de su vida. Está en San Pedro, en el oficial, pero ahora, mientras conversa con Viva, está en Nashville, otra vez. Viajó en junio, ya está planeando el próximo tour a Texas. Alec es de Martínez. En el San Pedro oficial, el de los sombreros de 3 mil pesos y las botas de 5 mil, si hay conurbano es más bien eso: Martínez, Olivos, Vicente López, San Isidro, así.

“Imaginate la avenida Corrientes, de 9 de julio a Alem, llena de bares con luminarias. Todos con orquestas en vivo, recitales, teatros, todo de country. Bueno, a un lugar así fuimos. Había gente de todo el mundo. Fue divino”, dice. Está de camisa, sombrero y zapatillas. Se sacó las botas por el barro. Al igual que todos los fanáticos que pueden viajar, compró su indumentaria en Estados Unidos.

El máximo lujo de poder viajar a la meca del country se dio en un bar de los llamados “Honky Tonk Stomps”. Junto a su mujer y otra pareja de argentinos comenzaron a bailar en línea, una especialidad más propia del porteño que del americano. La dueña los vio, se les acercó y les propuso dar clases en el lugar. Al menos por unos días. Y ahora, Grand propone mostrar el paso que enseñó en la taberna yanqui. Entonces, camina hacia atrás, frena, pide que se le preste atención, baja la mirada y comienza a mover los pies. Primero toca el piso con el talón, después con la punta, luego pasa la izquierda por detrás de la derecha, y así. Atrás, a metros suyo, hay un grupo de diez mujeres bailando en línea, con botas y sombreros. El paisaje se parece a una película americana, de los años sesenta o setenta. Una de ellas fue su docente de baile, cuando comenzó la historia, quince años atrás.

Autodidacta. Cynthia Nadel aprendió a bailar sola. Fue en tiempos AI (antes de internet). Conoció el country en películas y series americanas. Hasta que una noche entró a una discoteca de Rodríguez Peña y Corrientes y se encontró con cientos de fanáticos de lo mismo, con sombreros y botas. Y dijo, se dijo, “tengo que aprender a bailar”. Pidió prestada una videocasetera y comenzó a practicar siguiendo coreografías de películas. Y practicó, y practicó. Y los sábados seguía a las bandas por discos de Belgrano y Recoleta. Tanto practicó, que se convirtió en docente. Ahora dicta clases en Devoto. Tiene puesta una remera que dice Honky Tonk Stomp, la academia en la que trabaja, que tiene cerca de 400 alumnos, en cuatro sedes. El término varía según la zona. En el circuito del “no oficial”, se las llama escuelitas; en el oficial, academias.

“El country abarca más a la clase media tirando a alta. Por el precio de la indumentaria: te gastás diez mil pesos entre sombrero, botas, camisa y vaquero”, dice. Y agrega que “a la gente le gusta lookearse y curtir la onda cowboy. Si sos grande y te querés vestir de nena, queda mal. ¡De cowboy no: queda bien!”.

Cynthia hace la comparación. Dice que el argentino amante del country es como el japonés fanático del tango. Que no es que, por elegir un género, uno simpatiza con el país donde nació ese tipo de música. “Hay gente más fanática del baile que de las bandas. Amamos bailar. Se baila sin saber el nombre de la canción. Por ahí en algunas fiestas se pone el video del tema, con la traducción. Lo bueno es que no hace falta un súper físico para hacerlo, ni tener pareja, ni ser joven”, dice antes de volver a bailar con su grupo. Porque San Pedro Country Music, ya sea el oficial o el no oficial, no es todos los fines de semana.

 

Clarín


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