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por Hugo Pezzini

Distancia en domingos

El escritor afincado en New York, Estados Unidos, escribió sobre San Pedro y Baradero, y como son los domingos. 

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Distancia en domingos

Por: San Pedro Informa

Baradero 42 Km, Baradero 30 Km, Baradero 18 Km, Baradero Primera Colonia Agrícola del país 1856 – 1956, y por fin, al entrar al acceso… Baradero 7 Km

Estos carteles estaban hechos de tablitas blancas con letras negras; era aún desconocido e inexistente por ese entonces el énfasis reflexivo del fondo verde y la grafía blanco-plateada Day-Glo actual. Aquellas guías informativas se hallaban estaqueadas a la tierra y se erguían a baja altura; eran de un tamaño sólo perceptible a lo que hoy sería muy corta distancia. Papá —y cualquier otro conductor desorientado— debía disminuir la velocidad del coche, si quisiera asegurarse de que iba a poder leer el kilometraje indicado antes de dejarlo atrás en el “mutismo inmutable” de esos parajes de pajonales y teros —las banquinas de tierra que bordeaban la estrecha ruta también de tierra.

Algunas de esas insignias viales se hallaban perforadas por tiros de pistola o fusil, una realidad cuyo origen y significado, siendo yo niño, no conseguía vislumbrar: ¿habían sido usadas como blancos de tiro?, ¿por camioneros?, ¿jinetes arrieros?, ¿por aquellos soldados en tránsito —que uno a veces veía cuando eran transportados como ganado, de pie o sentados en el piso de la caja de camiones militares verde oscuro? Jamás llegue a dilucidarlo.

Mis ojos retornan a la corta inscripción que rememora y honra aquella llegada de los suizos en carretas a nuestro pueblo, ese texto en relieve sobre El monolito, y también a los carteles de aproximación al mismo.

Creo que el primer indicador al salir del pueblo y entrar por la Ruta nueve yendo hacia el norte era SAN PEDRO 42 km, y correspondía a la distancia por esa ruta, que —como ya he escrito en otras oportunidades— en aquella época llamábamos con gran orgullo La Panamericana, desde la intersección de la misma con el acceso a Baradero, hasta el punto donde la nueve intersectaba con el acceso a la ciudad de San Pedro.

Los otros carteles indicando distancias menores estarían ubicados de modo paulatino en el punto aproximado descripto por las cifras que abren esta memoria, desde San Pedro a Baradero. Algunos habían sido construidos en una unidad de varias tablas superpuestas, cada una indicando la distancia desde ese punto a cada pueblo en seguidilla. Como éste a continuación, por ejemplo, que se hallaba fijado en la banquina de la dirección norte à sur de la Panamericana, a la salida de uno de “los puentes del Tala”: BARADERO 18 Km – ZÁRATE 72 Km– CAMPANA 84 Km – GENERAL PACHECO 125 Km – BUENOS AIRES 160 Km.

Ahora, el texto que proclamaba con gran solemnidad la condición ‘colonial’ suiza de Baradero, lo constituía una configuración ordenada de letras en relieve, que habían sido aplicadas por el escultor sobre un rectángulo de cemento que se hallaba enclavado en el piso de forma tal que sus aristas mayores apuntaban de modo vertical hacia el cielo. Este monumento interpuesto en el punto interseccional de la Ruta 9 y el acceso a Baradero, era un referencial conocido como “El monolito”. Los más íntimos —en ese lenguaje tan argentino que siempre incorpora la riqueza y el color pícaro del lunfardo—, es decir, los que hablábamos la lengua local, lo llamábamos El Chocolatín. Las razones de este apodo son tan obvias que aquí huelga cualquier explicación al respecto.

El Chocolatín, para mí y desde siempre, tenía un valor y significado mágicos, totémnicos. La silueta del monolito ya se divisaba desde allá a lo lejos, a la distancia desde la cual los faroles del Chevrolet ’51 de papá comenzaban a iluminarlo de forma vaga, cuando regresábamos —de modo indefectible y constante— de San Pedro, todos los domingos ya entrada la noche, con el autoradio Phillips encendido y a alto volumen; siempre sintonizado en LR1 Radio El Mundo. Papá, mamá, mi hermana Pupi y yo, todos atentos a la radionovela Los Pérez García. Creo que papá sincronizaría nuestro viaje de regreso de San Pedro a Baradero de acuerdo al horario de la radionovela.

No es que no me gustasen los domingos en San Pedro. Muy por el contrario. No obstante, para mí cualquier y todo domingo en San Pedro no era de ningún modo fuera de lo común, ni más ni menos como no lo eran tampoco mis días de semana —ni los sábados, por supuesto— en Baradero. Estos dos pueblos, que ese viaje por La Panamericana unía y separaba, eran para mí dos tierras de misterios opuestos e incomparables, pero ambas representaban universos que me eran familiares de modo casi absoluto. Investigaba y penetraba con mi curiosidad minuciosa estos dos orbes y los grababa a fuego en mi corazón, en mi cerebro, en mi alma. Eran mi vida:

Mi Baradero —con mi escuela, mi plaza, mi estación y mi iglesia. La barranca, la Colonia de vacaciones, el puerto y el río. Regatas. El olor a Refinerías y el pito de la fábrica. José Gómez, Pajarito Reinoso, La Tota, María Belén y Maceta. Toda la magia. No obstante, no voy a ahondar en este texto con la minucia baraderense de costumbre, porque lo he estado haciendo semana a semana y a lo largo de muchos meses, por medio de esta columna y de este diario. Si clicás en el ícono de la pequeña lupa arriba a la derecha de la página de este diario y entonces en la ventanita que se abre escribís Hugo Pezzini encontrarás todos los artículos que he escrito sobre Baradero, aguafuerte tras aguafuerte, tal como te lo he venido describiendo hasta hoy. 

Entonces, sigamos vos y yo hoy con la distancia y los domingos entre Baradero y San Pedro, que en última instancia es también “mi” San Pedro, porque mi familia materna es sampedrina y allí también pasé mi infancia y mi adolescencia. Imágenes por medio de nombres: El Butti, la heladería de Porta; el cine La palma, la plaza con su iglesia de Nuestra Señora del Socorro plantada en el centro. El boulevard, el Padre Celeste. El conventillo en la Pellegrini, frente a la plaza; el palacete francés. 

Al mismo tiempo, esos dos pueblos eran para mí TAN diferentes. Tan diferente San Pedro, en sí mismo, de cualquier punto referencial de la cultura y el universo que para mí representaba Baradero. San Pedro, tan español, con sus asociaciones regionales españolas de mallorquines y catalanes; sus ensaimadas y sus turrones.

Mis progenitores habían sido ambos “inmigrantes a Baradero”: foráneos. Papá, carcarañense, de la Provincia de Santa Fe, había pescado a mamá en los bailes de los sábados a la noche en el Centro de Comercio sampedrino, se la había traído al pueblo y hecho su esposa. Entonces, yo no tenía ningún primo, ningún tío, prima o tía en Baradero, mientras que en San Pedro, una cantidad tal que uno los “podría descargar por el expurgue” si se cansara de ellos, como se dice de modo humoroso en portugués (daría para botar pelo ladrão) —un dicho acuñado a partir de la referencia al tubito que expele la excesiva agua hirviente de enfriar el radiador de un coche.

Mi Baradero, bajo y achaparrado; mi casa de dos pisos, mi hogar de caracol, con una parte de su cuerpo pública, exhibicionista y al mismo tiempo vulnerable (¡ladrones!, ¡asaltantes!, ¡descuidistas): la Joyería Pezzini —al frente— y la otra parte de su cuerpo, dentro de la caparazón: su ámbito privado, mi casita —atrás y arriba. Nuestro garaje, donde papá guardaba el Chevrolet ’51—que entraba justito justito—, a media cuadra, sobre San Martín, después de “lo de Carlitos Degese”, el dueño y farmacéutico de la Farmacia Italiana, y al lado de Lo Belesía —el almacén y hogar donde Caíto Martig vivía mitad privado/mitad público, tal como yo y como mi amigo carne-y-uña, el Pepi Cataldo, cuya casa —otra caracol— estaba incorporada al Corralón de la cochería y a la Cochería fúnebre Amigo y Cataldo propiamente dicha. Con sus chatas, berlinas, breques, padrillos y percherones; con su caballo mascota, el ciego y bueno Malevo.

Así era nuestra vida: Los Pezzini vivíamos en esta extrañísimo (pero natural hasta el absoluto para mí, como te dije antes) hogar sin puerta independiente ni zaguán. Durante toda mi infancia y adolescencia (es decir, durante todos mis años de vida, hasta irme al extranjero, hace ya cuarenta años) ingresé y emergí de la privacidad de mi casa por un espacio público atestado de joyas y relojes celosamente guardados y al mismo tiempo ofrecidos desde detrás de cristales eternamente brillantes gracias a la franela y la mano incansable de mamá: ella no pedía —ni permitía— que las ‘señoras’ y las ‘chicas’ que constituían su ‘servicio doméstico’ realizaran la limpieza, orden, manutención o higiene del sector comercial de nuestra vivienda.

Mi vida dominical San Pedrina era tan distinta y tan igual a la de mi ámbito baraderense. Esa primera, con respecto a sus espacios, se dividía entre la casa de mis abuelos y las de los tíos. La de los abuelos era otro caracol de la misma hibridez: el gran zaguán y la puerta cancel se abrían a las oficinas de Remates y ferias ganaderas Antonio Veiga y Cia. Tan fusionada estaba esta casa a la intimidad de los abuelos Veiga que tres de las seis puertas que comunicaban el gran salón de esa empresa daban a la privacidad hogareña de mis abuelos: una al comedor, otra al largo patio y una tercera a la habitación donde mis abuelos se acostaban en ese lecho ancestral sobre cuyo colchón mi cuerpo infantil —y el de mis primos— saltara como si fuese un artefacto circense para equilibristas.

El otro espacio punzante de mi infancia sampedrina es el palacete francés de un gaucho a la antigua usanza, mi tío Nito, a quien he apodado El arquetipo, porque era mi ídolo, y sobre quién ya he escrito antes. Pupi y yo, con mi primos Mariano, Martín y María Alejandra, aprovechábamos el sopor vespertino de los mayores para subir a la torre del palacio, que estaba mucho más allá y fuera de los límites de las áreas de ese hogar que estaban permitidas a los niños —un desafío impensable a las rígidas e inflexibles reglas de mí tío Nito.

Desde lo alto de esa torre, en silencio y, sorprendidos siempre por el espacio circular rodeado de ventanas, observábamos por largo tiempo el boulevard, la laguna San Pedro y los barcos que navegaban lentamente por nuestro majestuoso rio Paraná.

Eran días enteros de juegos con los primos, tutela de los tíos, picoteo mañanero en el patio colonial de los abuelos (picoteo de los adultos; nosotros tal vez beberíamos una leche PRIMA y comeríamos alguna delicia pastelera de La Perla, o un bombón que abuela nos ofreciera), almuerzo y té del atardecer, Al fin de mucha albricia infantil sampedrina, descendería sobre nosotros el manto de la noche, y ese crepúsculo me hallaría deseoso de volver a Baradero; nostálgico de sus calles algo menos elegantes, de su angostura un poquito más opresiva, de la tranquilidad e intimismo del meandroso río Baradero.

Regresaría feliz a mi pueblo después de una tarde más en la que una vez más habríamos cubierto el camino de una cuadra que llevaba desde el palacete art-nouveau del tío gaucho, a las hamacas “del boulevard”—a veces toda la primada junta: Raulito y Guille Victores—los hijos de tío Raúl y tía Gela; Juani Calzado, hijo único de tío Juan y tía María; Tato, Goli y Antoñito Veiga, los hijos de tío Antonio y tía Elvira; y por supuesto los chicos del palacete, los hijos del tío gaucho Nito y de la tía Olga: Marianito, María Alejandra y Martín Veiga, el más chiquito de todos. La distancia de una cuadra desde el palacete de estos chicos (¡un palacete francés, no una casa caracol como la mía!) nos entregaba al boulevard, un promenade que era contenido y bordeado por una continua e interminable cerca art-déco, que también era la consecuencia y descendencia estilística del art-nouveau del petit palais de los Veiga. San Pedro, entonces y así, me educaba en historia del arte ya desde la escuela primaria.

Formaban esa baranda del boulevard hitos geométricos de mampostería, aterciopelados y coloreados de verdín y musgo (así los recuerdo, siempre húmedos, siempre frescos) a distancia constante, unidos por dos o tres barandas paralelas horizontales de hierro. Esa cerca de metal y cemento —o nosotros mismos— se asomaba (nos asomábamos) hacia una barranca feral y salvaje, y allá abajo, la amplitud acuática casi total de la Laguna San Pedro.

Mi insularidad baraderense al final del día se rebelaba siempre ante tanta majestad; boulevares, palacetes franceses art-nouveau, barandas art-déco; heladerías con sillones de mimbre y almohadones floreados de lona en la vereda; cines con una palmera imperial de los trópicos apoyada de modo perezoso en su frente neoclásico; plaza con una iglesia y una fuente plantadas en su centro; bar Butti con una vereda dentro de la vereda y separada de la vereda por una cerca que recordaba, tal vez citaba, la del boulevard, si es que esto fuese posible. Un heladero pedaleando en cámara lenta sobre un triciclo blanco, mientras hacía sonar una corneta de aluminio, y avanzaba despacio bajo el calor y silencio de la siesta dominguera. Clases de natación del Negro Giménez en el Club Náutico; y el vago miedo y admiración cada vez que por la calle nos cruzábamos con Pichón de Indio.

Cuando llegaba la noche del domingo, había habido ya tanto estímulo que San Pedro —y mi numerosa y colorida familia materna— a esa hora se cernía sobre mi espíritu de un modo que en inglés se describe con la palabra “overwhelming” —algo así como ‘avasallador’. Estaba listo para regresar.

Llegada la noche —y la melancolía inevitable que para todos sin excepción conlleva el fin del domingo y la muerte de la semana (algo universal, no personal, ¿ves?, pero que sólo comprendería ya de adulto) —mi hermana Pupi, papá y mamá, y yo salíamos al mutismo y la penumbra de la calle Carlos Pelegrini, para poner nuestros bolsos en el baúl del ’51.

De allí partíamos, al principio en silencio, ¿recelosos tal vez de no ser acogidos una vez más por el generoso y simple regazo de nuestro algo más humilde pero también hermoso Baradero? No recuerdo que alguno de nosotros jamás haya protestado o reclamado a la hora de emprender el regreso. No. Nunca.

Estos carteles que abren mi relato son tan importantes porque en esos viajes de domingo, por medio de esa ruta y sus indicadores, yo aprendí no solo códigos viales, sino también existenciales.

Desde Baradero papá manejaba con su paciente prudencia el camino de tierra a San Pedro y desde San Pedro. Esos cuarenta y dos quilómetros —más los siete y nueve de ambos accesos— me enseñaron además a visualizar e imaginar cualquier distancia futura, y en esos caminos adquirí el entendimiento emocional necesario para discernirla. ¿Sabés que hasta hoy, cuando estoy a punto hacer cualquier viaje por tierra, sea este de New York a Boston, de Ámsterdam a París, o tan sólo de Pleasantville (mi hogar) a Manhattan; lo pienso en tantas unidades de distancia Baradero a Buenos Aires, o entonces Baradero a San Pedro, como sean necesarias para llegar al total de ese viaje en particular?

El viaje de New York a Boston, por ejemplo, es para mí un viaje de ida y vuelta de Buenos Aires a Baradero, más uno de sólo ida a San Pedro. O entonces, lo pienso como un viaje más corto que una ida a Mar del Plata (son 215 millas, o sea 346 km).

Hace cuarenta años que ‘emigré’ de mi país, como te conté, pero aún hoy me es imposible visualizar y pre-sentir de modo racional y sensorial cualquier distancia si no la convierto en mi mente a ‘mis distancias argentinas’ —de modo básico y fundamental, mi distancia de Baradero a San Pedro.

Ya alcanzo a verlo. El monolito anuncia desde lejos la última sección del viaje. Ni bien el Chevrolet ’51 encare la rotonda del Chocolatín allí en el cruce y haga la curva de noventa grados —cuando ya se halle en el comienzo mismo del acceso— leeré el último cartel del itinerario, “Baradero 7 Km”. Dejaremos atrás La Panamericana y enfrentaremos la larga recta perfecta que acababa en ‘el paso a nivel’, cuya barrera es la puerta de mi pueblo natal, que estará abierta o entonces —después de que haya pasado el tren— se abrirá de modo infalible e indefectible para recibirnos.

Llegamos a casa.


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